ALIMENTACIÓN

Alimentos funcionales: cinco casos de malas prácticas

Los alimentos funcionales se presentan como productos que cuidan la salud, pero no siempre es así. También hay malas prácticas y trampas en su diseño y promoción.

 

 

 

 

En el ámbito de los alimentos funcionales también existen ejemplos de malas prácticas a la hora de diseñarlos y promocionarlos. Estos son los cinco más destacados:

 

 

1. El secreto del bífidus

 

Todos los consumidores teníamos en la cabeza que el Bifidobacterium animalis sp. Lactis, fermento utilizado para la elaboración del Activia, “mejoraba nuestras defensas”, “ayudaba a mejorar la sonrisa” y hacía que tuviéramos nuestras “barrigas felices”. Desde la compañía, tuvieron que retirar toda la información en el envase que indujera a pensar que el fermento utilizado presentaba alguna propiedad, porque, en realidad, no lo hacía. El consumidor sigue asociando esa leche fermentada —no, no es yogur— a una mejora en su bienestar intestinal.

 

 

2. ‘L. casei’ con trampa

 

En la mente de todos los consumidores estaba grabado a fuego que la bacteria L. casei de Actimel “activa nuestras defensas”, pero, en realidad, lo único que activó fue una sanción de la Comisión Federal de Comercio de EE.UU. por ese eslogan y por “inmunitas”, palabra que tuvo que retirar porque no existe evidencia científica de que ayude al sistema inmunitario. ¿Qué hizo entonces? Entre las alegaciones autorizadas por la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA) había una que encajaba perfectamente, la de la vitamina B6, que decía: “Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario”. Con la cantidad mínima de B6 (un 15 % de la cantidad diaria recomendada) podían mantener el mensaje en el envase. El consumidor no se daría cuenta y seguiría pensando que el mágico fermento ayudaba a las defensas. Pero hay que dejar claro que, con una dieta equilibrada, ya se “ayuda” a las defensas.

 

 

3. Una funcionalidad sin evidencia científica

 

A veces, roza el límite de la legalidad con tal de atribuir una función saludable a un alimento. Esto ocurrió con Vichy Catalan. Indicaron en su publicidad que beber un litro de agua ayuda a luchar contra el alzhéimer. Esto estaba basado en la cantidad de litio que incluye este producto y las necesidades de litio recomendadas. El problema es que ningún estudio presentado muestra evidencia alguna de su declaración. La publicidad se retiró en parte fomentado por Autocontrol —aunque la empresa no es socia— y en parte por las duras críticas recibidas. Estas acciones al límite de la ley por parte de la industria en las declaraciones nutricionales son ampliamente conocidas. La normativa es relativamente joven y el libre albedrío que había antes en este tipo de información no ayuda a mantener el mercado a raya.

 

 

4. El ultraprocesado enriquecido

 

Los peores alimentos funcionales tienen nombre: la bollería industrial con hierro. Sin lugar a dudas. Podemos encontrar en el mercado algún alimento ultraprocesado, como el Bollicao, con la siguiente información en el envase: “Único con el 50 % de hierro”. Evidentemente, pensaremos que el producto es adecuado suponiendo que tenga ese porcentaje de hierro. Pero leyendo la letra pequeña, encontraremos que los 7 mg de hierro que contiene suponen el 50 % de la cantidad diaria recomendada. Podríamos llegar sin ninguna dificultad a esa cantidad —y sobrepasarla— con un puñado de pistachos (7,2 mg por 100 g) o almejas (24 mg de hierro por cada 100 g). Además, esos 7 mg de hierro no compensan la (mayor) presencia de otros ingredientes menos recomendables, como azúcar, grasas saturadas o jarabe de glucosa, entre otros. El hierro es, de hecho, el último ingrediente, es decir, el que se halla en menor proporción. Esos 7 mg de hierro pretenden enmascarar un producto ultraprocesado que hay que evitar. Con hierro y sin él, es igual de poco recomendable.

 

 

5. Una ‘chuche’ es una ‘chuche’

 

Queremos dar a nuestros hijos lo mejor y que tenga todas las vitaminas, que nos han dicho que son importantes. Por eso, la mejor opción es que adquieran esas vitaminas a través de una dieta saludable: en frutas y verduras las encontraremos en cantidad suficiente. En ningún caso la elección debería ser ofrecer gominolas enriquecidas con vitaminas. El aporte de estas será muy bajo —aunque es cierto que la conciencia estará más tranquila— y la ingesta de azúcar va a superar, y con creces, ese supuesto aporte vitamínico extra. Si queremos darles una gominola un día, no pasa nada, pero no nos engañemos pensando que es mejor darles de estas. Una chuchería es una chuchería, con y sin vitaminas extra.

 

 

 

Fuente: https://www.consumer.es/ 

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