INTERÉS GENERAL

Tiempo de conocer las emisiones y buscar la forma de mitigarlas

Los productores argentinos deben afinar las mediciones e intentar reducir la emisión de metano por kilo de carne producido para estar al día con el debate global.

Hola, ¿cómo estás? Yo bien, y con ganas de meterme en el debate sobre lo que comemos. Y en particular, sobre la forma en la que se produce la comida. Son cuestiones distintas, pero en el toma y daca se mezcla todo. Todo termina en la confusión bullanguera que divide a Tirios y Troyanos.

Primero, qué comemos. Estamos frente a un cambio de época. La comida no es simplemente nutrición: proteínas, hidratos de carbono, lípidos, vitaminas, minerales. Es también exaltación de los sentidos. Todos, desde los olores y sabores en las papilas gustativas y el olfato (o la consistencia, la “jugosidad”, la terneza, la temperatura); hasta los colores y los sonidos (si “crepita” o ebulle o sale el humito). Pero es también historia, geografía, cultura. Desde el agua mineral al champagne de Epernay, la carne Wagyu, el jamón de Jabugo, el queso blanco de Burgos o los pimientos de Calahorra.

Hasta ahí, un jolgorio. Pero ahora entran en juego otras categorías. Es muy fuerte el movimiento anti alimentos de origen animal, en particular -aunque no de modo excluyente-- en los jóvenes. Aquí se cruzan dos componentes para potenciar un cóctel que pone bajo escrutinio público a los ganaderos. Una tiene basamento filosófico. Otra es la ambiental. Ambas son válidas, pero requieren distinto análisis y tratamiento.

Es absolutamente legítimo que alguien decida no comer carne porque no le gusta que se sacrifiquen animales. En realidad, es algo que no le gusta a nadie (a mí tampoco), pero la humanidad ha convivido con la faena y preparación de la carne desde sus orígenes. Quedó plasmado en aquellos toros de las pinturas rupestres de las Cuevas de Altamira. Pero bueno, todo tiene un final. Para algunos ya llegó y basta de carne. Aunque no de leche, o lácteos, o huevos, porque ahí no hay sacrificio. Eso sí, con bienestar animal.

La componente ambiental es, sin embargo, la que está ganando terreno y llena de asperezas el debate alimentario. En particular, el blanco del ataque vegano es la carne vacuna, lo que inevitablemente provoca la reacción de los ganaderos en todo el mundo. Aquí la cuestión se dirime con conocimiento, ya que se trata de números y no de valores filosóficos. Lamentablemente, se escuchan muchos argumentos inconsistentes de ambos lados de la grieta. Veamos.

El eje central es la emisión de metano, un gas de efecto invernadero más potente que el CO2. Al poner en juego la cuestión del aire y el calentamiento global, se sienten con el derecho de decidir qué deben consumir los demás. La cuestión es fácil de dirimir, si tenemos datos precisos: el que rompe garpa. En este caso, si alguien es responsable de generar emisiones, tendrá que asumir las externalidades negativas de su actividad. Hay mecanismos “de mercado” que la humanidad está poniendo en práctica para dirimir estas cuestiones: bonos de carbono, carbon tax (impuesto a las emisiones), etc.

La cuestión es medir. Y desarrollar o aplicar tecnologías que permitan eliminar o reducir las emisiones. Pero la primera reacción de los ganaderos y muchos asesores es negacionista. Lo vivimos a diario en las redes, donde la respuesta al ataque vegano adolece de argumentos serios. Se habla incluso de los servicios ecosistémicos del ganado vacuno, por el hecho de que pastan en praderas que hacen fotosíntesis, de tal manera que capturan CO2.

Esto es cierto, pero es una verdad a medias. Cuando come la pradera, produce carne, pero también produce metano. Es un rumiante, su aparato digestivo tiene la capacidad de digerir la fibra celulósica del pasto, lo que es un proceso maravilloso porque en el mundo hay una enorme superficie disponible para ello. Pero como todo proceso, tiene su costo. La vaca no es un “perpetuo mobile”.

Lo que hay que hacer es, en primer lugar, reducir las emisiones por kilo de carne producida. Ello se llama “eficiencia”. Una vaca que no se preña, es costo económico pero también costo ambiental. No es lo mismo un rodeo con 60% de parición, que con 80%. En la Argentina no llegamos al 60%. Mal negocio económico, pésimo negocio ambiental.

Hace unos años, muchos técnicos de renombre impulsaban el “engorde compensatorio”. Consistía en restringir la alimentación durante el invierno, para esperar la explosión de primavera de las praderas. Parecía barato, pero había dos problemas: durante ese largo invierno los novillos también rumiaban y emitían metano, sin producir carne. Hoy estarían en riesgo de tener que pagar la cuenta.

Se dice también que los modelos que plantean la problemática del metano vienen del Primer Mundo, donde los animales se engordan en feedlots y no en praderas. De nuevo la confusión: en el corral, los novillos comen fundamentalmente granos y una pequeña proporción de fibra. Ello limita la rumia, y en consecuencia las emisiones. Esto fue probado por Guillermo Berra hace varios años en el INTA, con su famosa mochila. En otras palabras, el feedlot implica ahorro y no aumento de emisiones de metano. Más todavía cuando en el mixer se pueden agregar aditivos que las reducen, como los taninos naturales, los ionóforos o algunos derivados de algas.

Además, en el corral con pavimento se puede recoger la bosta y enviarla a un biodigestor, para generar biogás y mover un generador. Es lo que hace Antonio Richilo en Saladillo, de lo que dimos cuenta este año en Clarín Rural. O en Bioeléctrica de Rio Cuarto, o Mario Aguilar en “Las Chilcas” en el norte de Córdoba. Esto es muy importante, porque en otras latitudes (Nueva Zelanda) se está planteando el problema de las emisiones de óxidos de nitrógeno, que son más complicadas que las de metano. Se originan en las heces de las vacas que pastan en sus ubérrimas praderas.

En síntesis, si el problema se centra en las emisiones, hay formas de mitigarlo. Hay que conocerlas, y actuar. En la Argentina hemos resuelto desafíos técnicos más importantes. Por ejemplo, terminar con el arado, fundando los cimientos de una nueva agricultura. Sustentable, económica y ambientalmente.

Fuente: https://www.clarin.com/

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